lunes, 26 de diciembre de 2011

Castillo Aéreo



Era un país de miel, con tejados color bermellón, bandera de besos, himno de pasión y fronteras de amor, con dos habitantes era el mas pequeño del mundo y sin embargo el mas grande de todos los que podrían existir. Donde yo era la reina y él era el rey, se encontraban dos almas en un reino de cuentos de amor, era allí en mi mágico castillo con paredes de algodón, murallas de cartón, piso de cristal y pasillos color floral... donde el aire brillaba transparente bajo el sol, la luna alumbraba dos cuerpos sin temor y las estrellas brillaban por debajo del amor, pero hubo luego aquella tormenta cruel y del castillo de aire caí, a la luz de un rayo se abrió a mis pies un abismo infinito de absoluto dolor.

Era un país de miel, con tejados color bermellón, bandera de besos, himno de pasión y fronteras de amor, con dos habitantes era el mas pequeño del mundo y sin embargo el mas grande de todos los que podrían existir. Donde yo era la reina y él era el rey, se encontraban dos almas en un reino de cuentos de amor, era allí en mi mágico castillo con paredes de algodón, murallas de cartón, piso de cristal y pasillos color floral... donde el aire brillaba transparente bajo el sol, la luna alumbraba dos cuerpos sin temor y las estrellas brillaban por debajo del amor, pero hubo luego aquella tormenta cruel y del castillo de aire caí, a la luz de un rayo se abrió a mis pies un abismo infinito de absoluto dolor.

La locura de querer tener un sueño fantástico a plenitud se convirtió en una lucha por querer en la oscuridad encontrar luz; por querer sembrar una flor sin raíz encontré un amargo sin fin, final que nunca se extinguió por la inmensa cordura de amor . Así poco a poco se fue desboronando una ilusión convirtiéndose en preocupación, preocupación que nunca desapareció por el afán imbécil de tener celos sin razón, razón que nunca figuró por el sueño interminable de espeluznante pasión.




 




Yo fuí una vez esa ingenua de hiel, que un cuento creí realidad y pague tan caro mi estupidez que no quiero atreverme a soñar, no quiero más castillos en el aire ni cuentos que lastimen sin piedad; pues de ese castillo de añoranzas hoy sólo quedan cenizas y nada más.




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